¿Vale la pena cambiar?


Más de una, de dos y de tres veces en mi vida alguien me ha dicho: “necesito un cambio” a lo luego le ha seguido: “voy a irme de viaje”, “voy a dejar el trabajo”, “voy a buscar pareja” o “voy a mudarme de ciudad”. ¿Os suena? También más de una, de dos y de tres veces, después de haber visto en los demás y en mí misma que a pesar de los cambios realizados, nadie se sentía ni más feliz, ni más satisfecho ni con más ganas de hacer cosas, llegué a pensar que cambiar, al fin y al cabo no servía de nada.

Para aquél entonces, todavía no sabía que por muchos cambios que yo hiciera en mi vida, por muy lejos que me fuera o por mucha gente que conociera, si yo no cambiaba, si seguía haciendo lo mismo de siempre fuera adonde fuera, la sensación siempre sería la misma. La frase de “el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” corrobora que aunque coja veinte caminos distintos, si sigo sin mirar al suelo mientras ando, probablemente me tropiece en los veinte. ¿Entonces el cambio está en coger un camino distinto o en cambiar la manera cómo yo ando?

El input de lo inexplorado, el cambiar de ciudad, el besar a un nuevo amor, el reto de empezar un trabajo distinto, etc. nos genera una falsa sensación de felicidad, nos ayuda a salir de la rutina y de la monotonía y nos divierte durante una temporada. Sin embargo, lo que acaba pasando es que lo desconocido al final se vuelve conocido y cuando eso ya no me distrae, me reencuentro con mi antiguo yo, del que no he podido escapar por muchos cambios que haya hecho. Cuando eso ocurre es que el cambio que necesitaba no solo dependía del exterior, sino que pasaba por cambiarme a mí también.

Así que cuando nos encontremos ante un momento en la vida en el que nos apetezca un cambio, merece la pena que nos preguntemos qué tipo de cambio necesitamos. ¿Es simplemente un cambio de aires, de trabajo, de ciudad? ¿O es un cambio personal, una nueva manera de ver las cosas y de experimentar situaciones? Éste último tipo de cambio no siempre es fácil, ni cómodo ni tan emocionante como hacer un viaje, pero sí que es de lo más liberador y transformacional que nos puede ocurrir.

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